Por Raúl Ríos Trujillo

Hace unos días uno de mis alumnos preguntó mi opinión acerca de las elecciones estatales que se celebrarán dentro de poco en la entidad. ¿Cómo se ven los candidatos? ¿Las campañas? ¿Quién se perfila como el favorito del electorado? Mi primer reacción fue responder rápido a la pregunta, luego preferí pausarme un poco, responder con la mejor idea, luego entendí que no había una respuesta rápida ni fácil.

La siguiente pregunta fue para mí mismo. ¿Por qué ya no podemos responder con cierta seguridad? ¿Que ha cambiado en el tiempo como para que ahora mismo ya no podamos estar seguros de nada? ¿Es normal dudar en la democracia? ¿Significan estas dudas que algo en el juego democrático está saliendo bien? o al contrario ¿Todo está saliendo mal?

Los que de una u otra forma hemos vivido elecciones en el pasado, sabemos de sobra que hace algunos años, a estas alturas (pocos días de celebrarse elecciones) ya se tenía, en conjetura o seguridad el nombre de un preferido en la aldea, al menos sabíamos el nombre del elegido, el que tenía el apoyo del poder, eso era algo, hoy pareciera que esa certeza no sirve de mucho.

Pero veamos, si esta indefinición significa avance, entonces también quiere decir que el actual panorama electoral es el correcto en una perfecta democracia, y si esto es cierto ¿Por qué hay tanta tensión en el ambiente? ¿Por qué las próximas elecciones al contrario de darnos tranquilidad nos provocan un nudo en el estómago?

La respuesta a la pregunta que mi alumno hizo fue muy difícil de contestar por algo sencillo, mi opinión respecto a las elecciones locales está muy comprometida a la duda, pero no de la duda buena, aquella que pone emoción con la certeza de la igualdad de oportunidades entre los candidatos, mi duda es más profunda desde el punto de vista análitico.

No, no tenemos ninguna certeza de las preferencias en Chiapas, las próximas elecciones locales no se parecen en nada (aunque insistan compararlas) al proceso nacional en donde el puntero Andrés Manuel López Obrador lleva una gran ventaja.

Aunque las estadísticas y encuestas que nos vendan cada candidato intenten aportarnos bases de seguridad entorno a lo que ocurrirá el día de las votaciones, la verdad es que no lo logran, los que de una u otra forma revisamos el panorama para intentar descifrar un poco lo que sucederá el día “D”, tenemos pocos elementos para visualizar un panorama claro.

Tratando de ser objetivo voy a señalar por qué, en lo personal, todavía dudo mucho en asegurar o siquiera colocar una sospecha en torno a quien dirigirá los destinos de Chiapas los próximos seis años a partir de enero del 2019.

Lo que antes era un proceso sucesorio natural en donde el que deja la silla señalaba al que debiera ocuparla después de él, hoy en día se ha complicado mucho, uno de los elementos de análisis siempre ha sido el origen de los candidatos, la visualización con elementos visibles de la preferencia del poder en turno, en otras palabras, a estas alturas del partido el gobernador saliente ya debiera tener un favorito, en este caso no es así y les voy a decir por qué no pareciera haber un favorito.

El gobernador Velasco Coello en realidad, ha sido un gobernador de una conducta átipica entorno a su comportamiento político, nos queda claro que no ha sido comulgante de ninguna doctrina partidaria, el color de su camiseta nunca lo detuvo, de hecho tampoco definió desde el inicio de su carrera su sentido ideológico (no creo que lo haya tenido alguna vez), lo que sí sabemos es que siempre fue militante del Partido Verde Ecologista Mexicano (PVEM) y que a pesar de que su historia y arraigo previene del PRI (del abolengo más rancio) nunca se declaró tricolor, al contrario su generación es la de los “niños verdes”, una camada de políticos sellados más por su extrema ambición y ejercicio desmedido de poder que por su congruencia política y compromiso social.

Entonces sí ya nos detuvimos a rascar un poco en el pasado del todavía gobernante de Chiapas tal vez tengamos la respuesta de esta indefinición que ahora mismo nos coloca a los analistas en contra de una pared de inconsistencias, no, la verdad es que no tengo idea ni método para intentar descubrir el próximo paso que no sea la simple conjetura y la sospecha arbitraria.

No hay un favorito, hay dos, Rutilio Escandón Cadena abanderado por MORENA que se ha mantenido en campaña, incluso desde que ocupaba el puesto de magistrado presidente y representante del poder judicial del estado y Fernando Castellanos Calymayor.

Al contrario de definir un favorito, el gobernado sí ha definido un enemigo a vencer, el candidato del tricolor Roberto Albores Gleason. Lo que a simple vista puede verse es que el que manda desde palacio ha dispuesto emplear dos fichas para cargar los dados en contra de uno de los contendientes.

No obstante lo curioso está aquí, la certeza del enemigo definido no responde la pregunta de quién de los dos “favoritos”: Escandón Cadena o Castellanos Calymayor es el verdadero elegido.

En el pasado siempre habían dos o tres tapados quienes además del candidato visible tenían la posibilidad de ser ungidos como los preferidos, hoy en día según el método de Velasco Coello hay dos destapados permaneciendo la duda de quién será el que se quedará con la bandera final.

En otras palabras, si Escandón Cadena quiere ganar de verdad, tendrá que vencer a Albores y a Castellanos Calymayor, porque el apoyo que la estructura verde construída por Eduardo Ramírez Aguilar que es la misma masa que da músculo a Fernando intenta perfilarse como la que defina la elección, si el PRI no reacciona y falla la ingeniería del fraude el día “D”, si Rutilio no logra levantar con verdaderos votos propios o la inercia del peje no le es suficiente para ganar la elección indudablemente habrán sorpresas, sorpresas que pudieran no ser agradables para el próximo presidente de México.