Eduardo Grajales

A medida que se acerca el relevo en la rectoría de la UNACH, fuerzas políticas internas y externas a la máxima casa de estudios han empezado a mover sus piezas para apropiarse nuevamente de esta noble institución, mellando con ello la credibilidad de sus órganos internos de gobierno y su todavía entrecomillada autonomía universitaria.

Ha sido precisamente ésta lógica, de ver en las instituciones académicas un mero botín político, lo que tanto daño le ha hecho no solo a la Autónoma de Chiapas sino a la mayoría de universidades públicas del estado, e incluso también a algunas instituciones educativas gubernamentales, que siguen siendo vistas como espacios de desecho de figuras políticas que se encuentran en la antesala del retiro, o como lugares concesionados a intereses particulares o de grupo.

Las consecuencias de esta práctica nociva que se lleva a cabo también a nivel nacional y que encuentra sus raíces en la obsoleta visión de poder del modelo de gobierno que se va, cobra sus facturas no solo en el desempeño eficiente y la buena imagen de dichas instituciones, sino a la misma población a la que sirven y a donde deberían reflejarse los frutos de la investigación científica, que es el fin principal para lo que fueron creadas.

Los datos estadísticos de instituciones de evaluación y agencias consultoras de prestigio reflejan muy bien esta realidad: últimos lugares de Chiapas en cuanto desempeño educativo, así como nula presencia de sus universidades en los rankings de calidad.

Desde hace varios años la UNACH no ha dado visos de superación, por el contrario, derivado de las sospechosas prácticas de sus titulares ésta ha entrado en una espiral de decadencia administrativa particularmente, toda vez que en lo académico es de reconocer el gran esfuerzo que día a día realiza su comunidad docente y estudiantil.

Es por ello que en estos tiempos de cambio, vendría muy bien repensar el papel de la Universidad y de todas esas dependencias que persiguen objetivos educativos, para que dejen de ser un nido de rufianes que lucran vilmente con su filosofía y se enfoquen a mejorar la productividad de la región, mediante una mayor vinculación social y procesos claros y transparentes.

Para ello sería muy bueno empezar replanteando el papel de los gobiernos en turno y su relación con las rectorías, a fin de que exista entre ambos un pacto de respeto y civilidad, pero sobre todo de sana cercanía que permita brindarle a las universidades la autonomía necesaria para gobernarse y seleccionar de manera independiente a sus mejores hombres y mujeres a quienes encomendar su destino.

En un momento de festejo nacional por el cambio ideológico en la administración del poder, hacer valida la autonomía universitaria y devolverle a la Universidad su espíritu de transformación, no solo es un mensaje de apertura al cambio gubernamental y de inclusión política, sino una atención a un reclamo de participación e involucramiento de la sociedad civil en la toma de decisiones.

Es éste el mejor momento para hacer de la educación el motor de desarrollo y que mejor que a través de los estudiantes y maestros universitarios, para que sean ellos coparticipes y arquitectos de la transformación que tanto anhela Chiapas y no solo espectadores como lo han sido en los últimos años.

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